Verdad, Bien y Belleza
Del blog de Esperando nacer, recupero esta cita de Alexander Solyenitzin sobre la trinidad Verdad, Bien y Belleza. Me resultó un verdadero placer leerlo, por eso os lo traigo a vosotros:
Dostoyevsky lanzó la enigmática observación: «La belleza salvará al mundo». ¿Qué significa eso? Por mucho tiempo me pareció tan sólo una frase. ¿Cómo sería eso posible? En la sangrienta Historia ¿cuándo la belleza salvó a alguien de algo? Ennoblecido, enaltecido, sí — pero ¿a quién ha salvado?
Sin embargo, existe cierta peculiaridad en la esencia de la belleza, una peculiaridad en la sustancia del arte: es que el poder de convicción de una auténtica obra artística es completamente irrefutable y obliga a la rendición hasta a un corazón opositor. El discurso político, el publicismo pujante, el programa de vida social y el sistema filosófico, pueden aparentemente contruirse con suavidad y elegancia, tanto en el error como en la mentira. Lo que está oculto, lo tergiversado, no se volverá inmediatamente obvio.
Y vendrá luego un discurso, un artículo, un programa de signo opuesto; una filosofía diferentemente construida llama a la contradicción – todo exactamente igual de elegante y suave; y la cosa funciona igual. Que es la razón por la cual se confía y también se desconfía de todo aquello.
Es en vano afirmar lo que no llega al corazón.
La obra de arte, en cambio, lleva en sí misma su propia verificación. Los conceptos inventados o forzados no soportan la prueba de las imágenes; se derrumban todos, aparecen enfermizos y pálidos, no convencen a nadie. Pero las obras que nacen de la verdad, y nos la han presentan como una fuerza viviente – ésas se adueñan de nosotros, nos exigen; y nadie jamás, ni siquiera en las siglos futuros, podrá refutarlas.
Tal vez, al fin y al cabo, la vieja trinidad de Verdad, Bien y Belleza no sea simplemente la fórmula vacía y vetusta que supusimos en los días de nuestra confiada y materialista juventud. Si las copas de estos tres árboles convergen, como lo afirmaban los escolásticos, y si los ramas demasiado rectas de la Verdad y del Bien han sido mutiladas, impedidas de abrirse paso; entonces, quizás los fantásticos, los impredecibles, los inesperados retoños de la Belleza emergerán y ascenderán hasta el mismo lugar, cumpliendo así el trabajo de los tres.
Alexander Solyenitzin - 1918-2008
(Discurso de recepción del premio Nobel - 1970)
Entre lo bello, lo bueno y lo verdadero, la belleza se impone, pues lo que realmente es bello no puede ser ni maldad ni mentira, mientras que la verdad -precisamente por serlo- a veces no es bella, y la bondad es tan verdadera como lo sea el corazón que la dispensa.



Una entrada preciosa como la belleza que señalas , platonica e ideal ….nos movemos en el mundo ilusorio del deber ser …aunque en arte incluso el feismo es estetica y belleza…
Besos
Pues si, Peggy, así es, la belleza no es necesariamente bonita. Por ejemplo, la belleza del concepto japonés de wabi/sabi que aprecia la asimetría, el defecto que contrasta con el resto de los elementos. Por otra parte, existe en el arte contemporáneo una afición por lo “simplemente feo” que no llega a iluminar ni uno solo de mis resquicios interiores… Al menos yo lo percibo así.
Un abrazo,
F.
El bien, la verdad y la belleza. ¡Menuda trinidad platónica! El de su relación es un tema que me apasiona, pero a ver si resumo adecuadamente algunos detalles.
En efecto, los tres se identifican en cuanto “trascendentales” en la filosofía medieval, esto es, géneros supremos coextensivos con el ser. Ens et bonum convertuntur: el ser y el bien son equivalentes, se convierten el uno en el otro, pues todo lo que existe, en tanto que existe, es bueno. Estamos en las antípodas de Schopenhauer, el genial negador de la voluntad de vivir.
Aunque la idea es potente, no dejo de pensar que parece algo ingenua, en la medida en que relega el mal a accidente, carencia o privación. No hace falta ser maniqueo para ver que todo lo que existe y obra (el obrar sigue al ser, también para Tomás de Aquino) es bueno.
Claro, los escolásticos dirán que hay que hacer distinciones y más distinciones conceptuales, y que el bien moral es otra cosa que el bien ontológico. Pero este el problema: que los grandes conceptos (¡más que conceptos –que tratan de apresar-, ideas –en sentido platónico o incluso husserliano-!) se quedan con el tiempo en palabras semivacías.
Pienso, modestamente, que el bien, la verdad y la belleza son tres aspectos de la misma luz, luz que está por encima del “ser” o del “ente” o de las “cosas”, pero tres aspectos que dulcifican y perfeccionan esta existencia o manifestación, que no tiene su fin en sí misma. También Eckhart ponía el intelecto (¿espíritu?) por encima del ser.
El bien como aquello indefectible, corazón de la divinidad en la que me niego a ver “cólera” o “fuego” (y lo siento por Boehme, al que quiero mucho), por reiteradas explicaciones cabalísticas que se den.
La verdad como aquello que vence siempre, por su simplicidad, por su unidad, por ser tan tenue, por la dificultad de alcanzarla (siempre la vemos disfrazada de otra cosa). Tanto si es una mera relación intelectual de concordancia entre cosa y palabra (¡debe ser aldo más!), o si es revelación para quien la reciba.
La belleza como un milagro. Desde luego, capaz de salvar al mundo de manera misteriosa. La belleza como presencia en todo (metafísica, potencial o actualmente), si bien descreo del crimen perfecto o de la “belleza de lo feo”. (El arte es otra cosa, no entro ahora en su relación con lo bello).
Armonía, integridad, luz, orden (otra palabra malentendida y de la que se sospecha)… ¿Acaso no decía Platón que el bien tiende a la unidad, unifica, reune; mientras que el mal se origina en la dualidad, en la división (y tiende, deduzco yo, al conflicto, al enfrentamiento, a la separación). También lo siento por Heráclito, al que siempre he admirado, pero el Logos más alto no está hecho de discordia (ni la integra, pues si la integra de algún modo la suprime); ni la guerra es la madre mejor de lo mejor que se genera en este mundo.
Ah, y creo que las tres (si se me permite que feminice al bien) son gratis, están emparentadas con la gratuidad, con el don.
Me alargué y pido disculpas.
Un abrazo a todos. Siento no poder colaborar más a menudo, pero leo lo que puedo.
Felicidades de nuevo y gracias por la sugerencia sobre Randy Pausch, a quien no conocía.
Hola Boehmiano! Me alegra verte de nuevo por aquí y te agradezco muchísimo que dediques parte de tu tiempo a visitar y comentar en este espacio. Por favor, no pidas disculpas por hacerme tan precioso regalo
Tu comentario me ha hecho reflexionar. Llegas a la conclusión de que esta es la trinidad perfecta, “tres aspectos de la misma luz” -tal y como dices-, en la que ningún lado del triángulo se superpone sobre otro. Es cierto. Pero también existe otra trinidad oscura: la mentira, el mal y la fealdad en el mundo ¿por qué? Siguiendo tus palabras, tal vez porque aquí no hay gratuidad ni don; por el contrario, hay fabricación, anhelo, un mercado de compra-venta para la consecución de los deseos.
¿A cual de las dos trinidades pertenece la naturaleza humana? ¿A la de la luz como don, o a la de la sombra, quizá creada en el ejercicio del libre albedrío?
Un abrazo,
F.
Hola Filô! Te agradezco tus palabras. Me temo que nuestra naturaleza está afectada en este mundo por las dos trinidades. Siempre quise pensar que el mal es pasajero, pero aquí tiene una fuerza extraordinaria y bien que padecemos su desmesura, su avaricia, su limitación y cerrazón. Coincido totalmente con lo que dices al respecto. Pero imagino que las almas sencillas perciben fácilmente la fealdad, el desorden, la destrucción que le acompañan. Sí, yo pienso, con S. Agustín, que es un mal uso de la libertad (mejor, del libre albedrío) el que engendra el mal. Y por eso también se puede combatir. La liberación, la plena libertad, no puede querer ni resistir el mal, pues son incompatibles. Pongo ejemplos: Sócrates (el sabio obra el bien), S. Juan (“el que ha nacido de Dios no peca”). Claro, porque la verdadera sabiduría no es posible sin amor y el que de veras ama no obra mal.
Mi simpatía por Manes, pese a la ingenuidad de sus mitos, no me permite otorgar tanto valor ontológico al principio del mal. Pero qué duda cabe que cierto dualismo tiene aquí sentido. Lo decía Ernesto Sábato. La no-dualidad, por ejemplo del Vedanta, que también tienes bellamente recogida por ahí, creo que debe ser un punto de llegada, no de partida. Sobre todo si no se quiere convertir este mundo en poco más que un sueño. ¡Quién sabe! Tampoco quiero criticar demasiado a la cábala, pero algunos de sus representantes más ilustres es sabido que ven el origen del mal en Dios mismo. Lo muestra muy bien Scholem en algunos artículos.
Un abrazo.
Boehmiano, quizá naveguemos entre dos estados del ser, dos niveles de realidad. La cuestión es ¿ambos son verdaderos? ¿la realidad implica “verdad”? ¿o hay realidades engañosas? Tal vez la dualidad sea una realidad ilusoria… Tal vez.
Un abrazo,
F.
Yo sí creo que hay realidades engañosas, aunque sean menos reales. La dualidad puede ser, en definitiva, ilusión, aunque las ilusiones tengan su grado de realidad y sus fantasmas puedan perturbarnos.
En una concepción jerarquizada y simbólica de los grados de ser no todo tiene el mismo valor (aquí me declaro neoplatónico). La cuestión de la unidad me parece clave. Para quien llegue ahí, desaparecen los dualismos… Incluso el mal desaparece. Sólo una cosa más: para los que estamos buscando puede caber el riesgo de no distinguir bien entre la unidad que se percibe intelectualmente (pero que no se ha alcanzado todavía) y la unidad que es fruto de la clarividencia. (Relacionado con esto, la cuestión de cómo entender nuestra identificación con Dios, como en el hermoso texto de Shankara). Pero esto forma parte del aliciente y belleza del camino.
Cordialmente
“Pero esto forma parte del aliciente y belleza del camino”
¡Si!