El trabajo y la ética protestante

2008.06.15

CONFESIONES DE UNA APÓSTATA. Tras ser abducida por la ética protestante del trabajo desde que vi la luz en este mundo, hace no demasiado que, cayendo en la cuenta de mi error, me propuse convertirme a los postulados del verdadero sentido de la existencia. Con alguna que otra incomprensión, incluidas las que me imponen mis propias costumbres, y con muchas barreras y altibajos, soy una activista convencida de la ética del “no trabajo”, o al menos del “mínimo esfuerzo”. Soy una apóstata. Reniego de mi doctrina para volver a la ética verdadera. Resumo a continuación, fragmentos de libro de Pekka Hinmanen, La ética del hacker y el espíritu de la era de la información que ilustra muy bien este cambio de paradigma (como dicen los modernos). En definitiva, que he regresado al espíritu anterior a la Reforma, la cual tanto bien por una lado y tanto mal por otro, ha supuesto para la humanidad.

DESPUÉS DE LA REFORMA. La expresión “ética protestante del trabajo” tiene su origen en el celebre ensayo de Max Weber La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905) Weber empieza describiendo de qué modo la noción de trabajo como deber se halla en el centro del espíritu capitalista surgido en el siglo XVII. “Esta peculiar idea, tan familiar para nosotros hoy en día, pero en realidad tan poco natural, del deber en una profesión, es lo que más característico resulta en la ética social de la cultura capitalista y, en cierto sentido, constituye su fundamento. Se trata de una obligación que el individuo se supone debe sentir y siente hacia el contenido de su actividad profesional, con independencia de en qué consista, en particular sin que importe si parece una utilización de sus facultades personales o sólo de sus posesiones materiales (como capital)”. Weber continúa diciendo: “No sólo es un sentido de la responsabilidad absolutamente indispensable, sino en general también una actitud que, al menos durante los horarios laborales, escapa de los cálculos continuos sobre cómo ganar el salario habitual con un máximo de confort y un mínimo de esfuerzo. El trabajo debe, al contrario, realizarse como si fuera un fin absoluto en sí mismo, una vocación.”

A continuación demuestra Weber cómo la otra fuerza principal descrita en su ensayo, la ética del trabajo enseñada por los protestantes y surgida también en el siglo XVI, llevó más lejos tales metas. El predicador protestante Richard Baxter expresó la ética del trabajo en su forma pura: “Es por la acción por la que Dios se ocupa de nosotros y nuestros actos; el trabajo es la moral así como el fin natural del poder”, y decir “oraré y meditaré [en lugar de trabajar] es como si un sirviente rechazara hacer un trabajo de suma dificultad y se limitara a cumplir sólo la parte más fácil y menor”. Dios no se complace en ver a la gente meditar y orar, quiere que hagan su trabajo. Fiel al espíritu capitalista, Baxter aconseja a los empresarios que reafirmen en los trabajadores esta idea de hacer su trabajo lo mejor posible, convirtiéndola en un asunto de conciencia: “Un sirviente fiel de verdad realizará todo el servicio que debe en obediencia a Dios, como si Dios mismo se lo hubiera pedido”. Baxter resume esta actitud refiriéndose al trabajo como una “vocación”, lo cual expresa muy bien las tres actitudes centrales de la ética protestante del trabajo: a) debe ser considerado un fin en sí mismo, b) en el trabajo uno debe realizar su parte lo mejor posible y, c) el trabajo debe ser considerado como un deber, que se lleva a cabo porque ha de ser realizado.

Para Weber el de la ética protestante se halla en el monasterio. En el siglo VI, por ejemplo, la regla monástica de San Benito exigía a todos los monjes que consideraran un deber el trabajo asignado, y a los hermanos haraganes les alertaba de que “la inactividad es la enemiga del alma”. Era inconcebible que los monjes pudieran discutir el trabajo que les era encomendado. Juan Casiano, el antecesor de San Benito en el siglo V, así lo daba a entender en sus reglas para las instituciones cenobitas al describir con admiración la obediencia de un monje, de nombre Juan, a la orden de su superior de que moviera una piedra tan grande que ningún ser humano podía moverla:

“De nuevo, cuando algunos otros estaban ansiosos de ser edificados por el ejemplo de su obediencia [la de Juan], el superior le llamó y le dijo: Juan, corre y apresúrate tanto como puedas para hacer rodar aquella piedra hasta aquí; y de inmediato, forzándola primero con el cuello y, luego, con todo su cuerpo, intentó con todas sus fuerzas y maña hacer rodar una piedra enorme que una multitud de hombres no habría podido mover, de modo que no sólo sus hábitos y extremidades inundados de sudor, sino que la piedra misma estaba húmeda por e1 contacto de su cuello; y todo ello sin sopesar la imposibilidad de la orden y su valor, lleno de veneración hacia el anciano superior y movido por la genuina simplicidad de su servicio, pues tácitamente creía que el anciano no podía haberle ordenado algo vano carente de razón.”

Este esfuerzo propio de Sísifo sintetiza la idea, esencial en las enseñanzas monásticas, de que nunca debe ponerse en tela de juicio la naturaleza del propio trabajo. La regla monástica de San Benito explicaba incluso que la naturaleza del trabajo no importaba, porque el principal y superior propósito de la tarea no era en realidad hacer algo, sino dar una lección de humildad al alma del trabajador al hacerle cumplir lo que se le decía, un principio que parece seguir vigente en buen número de empresas. En la Edad Media, este prototipo de la ética protestante del trabajo existía sólo en los monasterios y no influyó en la actitud predominante de la Iglesia, y mucho menos en la de la sociedad en general. Fue sólo con la Reforma protestante cuando el pensamiento monástico se diseminó por el mundo rebasando los muros del monasterio.

Weber sin embargo, hace luego hincapié en que, si bien el espíritu del capitalismo encontró en la ética protestante su justificación esencialmente religiosa, pronto llegaría a emanciparse de la religión y empezaría a actuar conforme a sus propias leyes. Sirviéndonos de la célebre metáfora de Weber, se convirtió en una cárcel de acero, neutra desde un punto de vista religioso. Podemos hablar por tanto, de la “ética protestante” independientemente de cuál sea la fe o cultura del individuo. Así, un japonés, un ateo o un católico devoto pueden actuar, y a menudo actúan, de acuerdo con la ética protestante.

No es preciso buscar mucho para darse cuenta de lo poderosa que aún es la fuerza de esta ética. Una declaración tópica como la de “quiero hacer bien mi trabajo” o la de muchos empresarios en sus breves discursos con motivo de la jubilación de alguno de sus empleados, a los que ensalzan por “lo diligente/responsable/leal y de confianza” que ha sido, constituyen el legado de la ética protestante, pues no se cuestionan en ningún caso la naturaleza misma del trabajo. Elevar el trabajo a la condición de lo más importante en la vida es otro de los síntomas de la ética protestante, hasta el extremo de poder convertirse en una adicción al trabajo que conduzca a la completa desatención de los seres queridos. De este modo el trabajo se realiza con las mandíbulas prietas y con una actitud de atormentada responsabilidad, al punto de que la mala conciencia aflora cuando no se puede cumplir con el trabajo debido a un problema de salud.

ANTES DE LA REFORMA. (Haz clic en la imagen para acceder al vídeo de los Simpsons: Protestant Vs. Catholic Heaven). Antes de la Reforma, los clérigos tendían a dedicar el tiempo a preguntas como la de “¿hay vida después de la muerte?”, pero ninguno de ellos se preocupaba por si después de la vida, había trabajo. El trabajo no formaba parte de los ideales supremos de la Iglesia. Dios mismo trabajó seis días, y el séptimo lo dedicó a descansar. Tal era también la meta suprema para los seres humanos: en el Cielo, como en domingo, nadie tendría que trabajar. Paraíso sí; oficio no. Podría decirse que el Cristianismo respondía en su origen a la pregunta de “¿cuál es el propósito de la vida?”, afirmando que el propósito de la vida es el domingo. Esta declaración no es sólo una ocurrencia. En el siglo V, Agustín de Hipona comparaba nuestra vida casi al pie de la letra con el viernes, el día en que, según las enseñanzas de la lglesia, Adán y Eva pecaron, y Cristo sufrió martirio en la cruz. Agustín escribió que en el Cielo encontraremos un domingo eterno, el día en que Dios descansó y Cristo ascendió al Cielo. La vida parece, a la luz de sus textos, una larga espera del fin de semana. Dado que los Padres de la Iglesia consideraban el trabajo una mera consecuencia de la pérdida de la gracia, pusieron especial cuidado conceptual en distinguir las actividades que Adán y Eva llevaban a cabo en el paraíso. Fuera lo que fuese lo que allí hacían, en ningún caso podía considerarse trabajo. Agustín hace hincapié en que, en el Edén, “el trabajo digno de elogio no es esfuerzo” tan sólo una afición agradable. Los hombres de la iglesia anterior al protestantismo entendieron el trabajo, el “duro esfuerzo” como un castigo. En la literatura de los iluminados medievales, en la que se habla de las imágenes del Infierno que tienen los eclesiásticos, las herramientas de trabajo ponen de manifiesto toda su auténtica naturaleza de instrumentos de tortura: los pecadores aparecen castigados con martillos y otros útiles. Y lo que es más, según estas visiones existe en el infierno una tortura aún más cruel que la física, e infligida directamente: el esfuerzo perpetuo. Cuando, en el siglo VI, al visitar las tierras del Más Allá, vio el devoto hermano Brandán a un trabajador, se persignó de inmediato, dándose cuenta de que había llegado allí donde no cabía ya esperanza alguna. Este es el relato de su visión:

“Cuando se adentraron más allá, a un tiro de piedra, oyeron ruido de fuelles, que parecían truenos, y batir de mazos sobre yunques y hierro. Entonces san Brandán, protegiéndose con la señal de la Cruz, pronunció estas pabras: Oh, Señor Jesucristo, líbranos de esta sinietra isla. Pasando por delante de un monte se asustaron al ver a uno de los diabólicos habitantes de la isla dispuesto a hacer un trabajo. Peludo y hediondo, con el rostro abrasado por el fuego y tiznado por el humo, al ver a aquellos servidores de Cristo cerca de la isla, corrió a su forja, gritando con todas sus fuerzas: Tormento! Tormento! Tormento!”

Si uno no se comporta bien en esta vida -ésta era la idea-, está condenado a trabajar incluso en la siguiente. Y, peor aún, ese trabajo, para la Iglesia protestante, será por completo inútil, hasta tal punto carente de sentido que ni el peor día de trabajo en la tierra podría haber permitido imaginarlo. Este tema cristaliza en la apoteosis de la visión del mundo protestante, la Divina Comedia, de Dante (concluida poco antes de su muerte en 1321), en la que los pecadores que han dedicado sus vidas al dinero, tanto los derrochadores como los miserables, son condenados a empujar enormes rocas alrededor de un círculo eterno :

“Había aquí más gente que en las otras partes y desde un lado al otro, con chillidos, haciendo rodar pesos con el pecho. Entre ellos se golpeaban; y después cada uno volvíase hacia atrás, gritando: ¿por qué agarras?, ¿por qué tiras?. Así giraban por el foso tétrico de cada lado a la parte contraria, siempre gritando el verso vergonzoso. Al llegar luego todos se volvían para otra justa, a la mitad del círculo.”

Dante tomó prestada esta idea a la mitología griega. En el Tártaro, adonde eran enviados los peores de los seres humanos, el más severo de los castigos fue impuesto a Sísifo, condenado a empujar eternamente una roca enorme hasta lo alto de una montaña, de la que siempre volvía a rodar ladera abajo. El domingo siempre se les insinúa a Sísifo y a los pecadores del Infierno de Dante, aunque nunca acaba de llegarles, condenados como están a un eterno viernes.

VUELTA A LA REFORMA. A tenor de este trasfondo, estamos en condiciones de comprender mejor la dimensión del cambio de actitud respecto del trabajo que comportó la Reforma protestante. En términos alegóricos, desplazó el centro de gravedad de la vida desde el sábado hacia el viernes. La ética protestante reorientó la ideología de una forma tan completa que puso Cielo e infierno al revés. Cuando el trabajo se convirtió en un fin en sí mismo sobre la tierra, a los clérigos les resultó difícil imaginarse el Cielo como un lugar destinado al ocioso perder el tiempo, el trabajo ya no podía ser considerado un castigo infernal. En este sentido, el eclesiástico de la Iglesia reformada Johan Kasper Lavater explicaba en el siglo XVIII que ni siquiera en el Cielo “podemos conocer la bienaventuranza sin tener una ocupación. Estar ocupado significa tener una vocación, un oficio, una tarea especial y particular a realizar”. El baptista William Clarke Ulyat lo expresó en pocas palabras al describir el Cielo, a principios del siglo XX, como, “a fin de cuentas, un taller”.

La ética protestante demostró ser tan poderosa que el trabajocentrismo caló hasta el fondo de nuestra imaginación. Un destacado ejemplo es la novela de Daniel Defoe, Robinson Crusoe (1719), escrita por un hombre formado como predicador protestante. Náufrago en una isla exuberante, Crusoe no lo tiene fácil; debe trabajar sin descanso. Es un protestante tan ortodoxo que ni tan sólo descansa el domingo, aunque por lo demás observa aún la semana de siete días. Tras salvar a un aborigen de sus enemigos, apropiadamente le llama Viernes, le enseña la ética protestante y luego le dedica un elogio que describe a la perfección el ideal ético del trabajador: “Nunca un hombre tuvo un sirviente más fiel, afectuo y sincero, siempre dispuesto y ocupado; sus afectos más íntimos estaban unidos a mí, como los de un hijo a su padre”.

SÍSIFO se ha convertido en un auténtico héroe. Y yo digo: “wu wei” amigos… WU WEI, y un cielo en el que se pueda bailar…

4 comentarios

  1. Me gustaría transcribir unos fragmentos de diferentes autores que expresan a mi parecer de forma concisa y magistral la deformación de todo orden que supone el trabajo visto como fin en sí mismo. Empecemos con René Guénon, quien nos dice en un capitulo titulado “La glorificación del trabajo” de su libro “Iniciación y realización espiritual”:

    “Está de moda, en nuestra época, exaltar el trabajo, cualquiera que sea y de cualquier manera que se haga, como si tuviera un valor eminente por sí mismo e independientemente de toda consideración de un orden diferente; es el tema de innumerables declamaciones tan vacías como pomposas, y eso no solo en el mundo profano, sino incluso, lo que es más grave, en las organizaciones iniciáticas que subsisten en occidente. Es fácil comprender que esta manera de considerar las cosas se relaciona directamente con la necesidad exagerada de acción que es característica de los occidentales modernos; en efecto, el trabajo, al menos cuando se considera así, no es evidentemente otra cosa que una forma de la acción, y una forma a la que, por otra parte, el prejuicio «moralista» arrastra a atribuir todavía mayor importancia que a toda otra, porque es la que se presta mejor a ser presentada como constituyendo un «deber» para el hombre y como contribuyendo a asegurar su «dignidad»

    Contrariamente a lo que piensan los modernos, no importa cuál trabajo, hecho indistintamente por no importa quién, y únicamente por el placer de actuar o por necesidad de «ganarse la vida», no merece ser exaltado de ninguna manera, y ni siquiera puede ser considerado más que como una cosa anormal, opuesta al orden que debería regir las instituciones humanas, hasta tal punto que, en las condiciones de nuestra época, ocurre muy frecuentemente que el trabajo llega a tomar un carácter que, sin ninguna exageración, se podría calificar de «infrahumano». Lo que nuestros contemporáneos parecen ignorar completamente, es que un trabajo no es realmente válido más que si es conforme a la naturaleza misma del ser que lo hace, si se resulta de ella de una manera en cierto modo espontánea y necesaria, de suerte que no es para esa naturaleza otra cosa que el medio de realizarse tan perfectamente como es posible.”

    Y el biólogo chileno Humberto Maturana tras definir en su libro “La realidad objetiva o construida: fundamentos biológicos de la realidad”, un sistema social como “un conjunto de seres vivos cuyos miembros constityen con su conducta una red de interacciones que opera para ellos como un medio en el que se realizan como seres vivos, y en el que ellos, por lo tanto, conservan su organización y adaptación y existen en una coderiva contingente a su participación en dicha red de interacciones”, indica al final de su explicación en relación a las sociedades humanas:

    “las relaciones de trabajo son acuerdos de producción en los que lo central es el producto, no los seres humanos que lo producen. Por esto, las relaciones de trabajo no son relaciones sociales. El que esto sea así es lo que justifica la negación de lo humano en las relaciones de trabajo: ser humano en una relación de trabajo es una impertinencia. El que las relaciones de trabajo no sean relaciones sociales hace posible el reemplazo de los trabajadores humanos por autómatas, y el uso humano en el desconocimiento de lo humano, que los trabjadores ignorantes de esta situación vivencian como explotación”

    Así que F, comparto tu apostasía. Wu wei hermana.

    Y un abrazo.

    Pola, 16 Junio 2008
  2. Bravo Pola!!! Buenísimos fragmentos. La última frase es aplastante “y el uso humano en el desconocimiento de lo humano, que los trabajadores ignorantes de esta situación vivencian como explotación”. Qué cruda es la realidad…
    Wu wei, Pola :-)

    Filô, 16 Junio 2008
  3. ¿Convertirse a los postulados del “verdadero sentido de la existencia”? Interesante. ¿La ética del “no trabajo”? ¿La ética del “mínimo esfuerzo”? ¿Qué es para usted la existencia? ¿Es definible existencia con los mismos términos que el concepto “vida”? ¿Y que del proverbio hebreo “mira a la hormiga o perezoso y se sabio, que no teniendo capitán, ni gobernador ni señor, prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento”? Las raíces que no cavan profundo son efímeras, y la planta que sostienen morirá muy pronto. Así el que no trabaja y elude cobardemente el sacrificio personal. Es cierto que el trabajo no debe ser considerado un fin en si mismo. Es enmedio, una herramienta, el instrumento que nos ayuda a lograr aquello que debe ser logrado. Como ejemplo está la labor del maestro, quién debe esforzarse en formar a diario a sus estudiantes. De no hacerlo y dejarse llevar por la supuesta “ética del mínimo esfuerzo” solo logrará hacer más difícil la existencia de aquellos a quienes debía ayudar a educar.
    Aún escribir sandeces requiere trabajo. Solo que el propósito que se persigue es el que se debiera abandonar. Jamás será bueno convencer a otros de que lo que hacen para construir sus vidas y a sus familias es en vano. Como ejemplo un botón. Nadie logra amar sin hacer un máximo esfuerzo. Amar es el trabajo más duro, sacrificado y agotador de todos. Quién no lo crea así, entonces nunca amado.

    Roberto Letelier V., 28 Junio 2009
  4. Por favor, Roberto, no me estrese usted, que la vida nos vive y hay que dejarla hacer su trabajo.

    Filô, 13 Julio 2009

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